Abr. 20, 2026 9:14 am
vacuna

La administración de Donald Trump ha irrumpido en el escenario político estadounidense con una propuesta que sacude los cimientos del sistema sanitario: prohibir las vacunas contra el COVID-19 para todos los estadounidenses.

Según fuentes cercanas a la Casa Blanca, esta medida responde a lo que denominan un “exceso de mortalidad” vinculado a las inyecciones de ARNm.

La noticia, publicada el 19 de febrero de 2025 por Gaceta.es, señala que la administración Trump, liderada en el ámbito sanitario por Robert F. Kennedy Jr., está evaluando suspender estas vacunas debido a preocupaciones de seguridad.

No es un capricho ni una ocurrencia: se basa en un creciente cuerpo de evidencia que cuestiona la eficacia y los efectos adversos de estas inyecciones. Durante demasiado tiempo, los medios progresistas y las élites farmacéuticas han silenciado a quienes advertimos sobre los riesgos. Ahora, con Trump de vuelta en el poder, la verdad comienza a salir a la luz.

El nombramiento de Robert F. Kennedy Jr. como Secretario de Salud es una declaración de intenciones. Kennedy, conocido por su escepticismo hacia las vacunas, ha abogado durante años por una revisión exhaustiva de estas políticas.

En 2021, solicitó a la FDA retirar la aprobación de las vacunas COVID por falta de evidencia científica sólida que respaldara su seguridad a largo plazo. Su postura no es nueva ni aislada: se alinea con un movimiento global que ha documentado miles de casos de efectos adversos graves, desde trombosis hasta miocarditis.

El Dr. Jay Bhattacharya, nominado para liderar los Institutos Nacionales de Salud (NIH), es otro pilar de esta iniciativa. Bhattacharya, una figura respetada entre los conservadores, ha apoyado públicamente la suspensión de las vacunas para investigar su relación con el aumento de mortalidad global.

“El Dr. Jay Bhattacharya, quien ha sido nominado para liderar los Institutos Nacionales de Salud (NIH), ha respaldado una petición que pide pausar y volver a probar las vacunas de ARNm, según puede revelar http://DailyMail.com.”

Este no es un ataque a la ciencia, como claman los progresistas, sino un llamado a exigir transparencia a unas farmacéuticas que han lucrado miles de millones mientras los ciudadanos sufren.

Hablemos de los números. Desde 2020, diversos estudios han señalado un “exceso de mortalidad” en países occidentales que coincide con la implementación masiva de las vacunas COVID. Un análisis de científicos holandeses, publicado en BMJ Public Health, reveló que entre 2020 y 2022 se registraron más de tres millones de muertes por encima de lo esperado en 47 países.

Aunque 2020 mostró un millón de muertes adicionales por el virus, las cifras de 2021 (1,2 millones) y 2022 (800,000) ocurrieron tras el despliegue de las vacunas. Los investigadores sugieren que efectos adversos como problemas cardiovasculares podrían estar relacionados.

En Estados Unidos, la situación no es distinta. Según datos de la OCDE analizados en 2022, el exceso de muertes alcanzó las 352,000 en las primeras 38 semanas del año, con picos que no se explican únicamente por el virus.

Expertos como Gene Olinger, de la Universidad de Boston, han refutado afirmaciones que culpan exclusivamente a las vacunas, pero no pueden negar la correlación temporal.

Para quienes hemos seguido este tema desde el inicio, esta coincidencia no es casualidad: es una señal de alerta que la administración Trump finalmente está dispuesto a enfrentar.

La izquierda y sus medios aliados, como Reuters o AP, han intentado desacreditar estas preocupaciones tachándolas de “desinformación”. Sin embargo, un informe del Subcomité Selecto para la Pandemia de la Cámara de Representantes, publicado en diciembre de 2024, contradice su narrativa.

Este documento de más de 500 páginas concluye que las medidas de confinamiento y la obligatoriedad de mascarillas carecían de base científica sólida, y apunta a una fuga de laboratorio en Wuhan como origen del virus.

Si el sistema mintió sobre eso, ¿por qué deberíamos confiar ciegamente en sus vacunas?

El historial de Trump con las vacunas es complejo pero revelador. Durante su primer mandato, impulsó la Operación Warp Speed para acelerar su desarrollo, un logro que aún defiende.

Sin embargo, nunca apoyó la obligatoriedad y, tras dejar el cargo, se vacunó en privado sin hacer alarde, mostrando su pragmatismo. Ahora, con Kennedy y Bhattacharya a su lado, parece haber abrazado plenamente la causa antivacunas, alineándose con quienes vemos en estas inyecciones una amenaza más que una solución.

La resistencia no será fácil. Las farmacéuticas, con Pfizer y Moderna a la cabeza, han amasado fortunas gracias a contratos millonarios.

En 2020, Moderna firmó un acuerdo con el gobierno de Trump por 1,500 millones de dólares para 100 millones de dosis, y hoy luchará con uñas y dientes para mantener su hegemonía. La izquierda, por su parte, ya prepara su contraataque, acusando a Trump de “poner en riesgo la salud pública”.

Pero, ¿qué salud pública defienden cuando ignoran las muertes y los efectos secundarios reportados en sistemas como VAERS?

En Europa, el debate también crece. Países como Alemania reportan que casi el 20% de los vacunados han experimentado efectos secundarios, según Gaceta.es. Si la administración Trump logra esta prohibición, podría inspirar a líderes conservadores en todo el mundo a seguir su ejemplo. Imaginen un futuro donde la soberanía nacional triunfe sobre las agendas de la OMS y las farmacéuticas. Eso es lo que está en juego

Durante años, nos vendieron las vacunas como la salvación, pero el exceso de mortalidad y los casos documentados de daño nos obligan a cuestionar esa narrativa.

Trump, con su audacia característica, ha decidido no solo escuchar a las víctimas, sino actuar.

Esto no es anticiencia; es pro-libertad, pro-verdad. La izquierda dirá que es un retroceso, pero ¿no es más retrógrado ignorar a los muertos y heridos en nombre de una “salud pública” dictada por élites intocables?

¡Se acabo el silencio!

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