La guerra comercial entre Estados Unidos y China, liderada por los aranceles estratégicos de Donald Trump, está redibujando el mapa del comercio global. Con gravámenes que alcanzan hasta el 245%, EE.UU. busca proteger su economía, revitalizar su industria y corregir décadas de desequilibrios comerciales.
Mientras China enfrenta fábricas paralizadas, despidos masivos y un colapso en sus exportaciones, la política de Trump promete devolver la supremacía económica a América.
Desde abril de 2025, la administración Trump ha implementado aranceles progresivos, comenzando con un 34% y escalando hasta un 245% en algunos productos chinos.
Estas medidas recíprocas, responden a lo que EE.UU. considera prácticas comerciales desleales de China, como subsidios masivos y dumping. Los aranceles buscan reducir el déficit comercial de EE.UU. con China, que en 2024 alcanzó los 295,000 millones de dólares.
El impacto en China es devastador. En regiones industriales como Guangdong y Zhejiang, las fábricas han detenido la producción. Empresas como Sorbo Technology, con 400 empleados, han llenado sus almacenes de productos invendibles debido a los aranceles del 145%, según BBC.
Goldman Sachs estima que entre 10 y 20 millones de trabajadores chinos dependen de las exportaciones a EE.UU., y muchos enfrentan despidos, 3.5 millones de empleos manufactureros en China se perdieron desde 2018 debido a conflictos comerciales previos.
Los obreros chinos son los más afectados. En contraste, EE.UU. está creando empleos en sectores manufactureros, impulsados por políticas proteccionistas que fomentan la producción local.
Plataformas como Shein y Temu, que dominan el comercio electrónico con precios bajos, enfrentan un duro golpe. EE.UU. triplicó los aranceles a pequeños paquetes chinos, encareciendo los envíos que sustentan su modelo de negocio.
Estas empresas, responsables de miles de millones en exportaciones, están reevaluando estrategias para sobrevivir. Mientras tanto, minoristas estadounidenses como Walmart y Amazon podrían beneficiarse al captar consumidores que buscan alternativas locales.
China ha intentado contraatacar con aranceles del 125% a productos estadounidenses y restricciones a exportaciones de tierras raras, esenciales para tecnologías como semiconductores. Sin embargo, estas medidas tienen un impacto limitado.
EE.UU. importa solo 145,000 millones de dólares de China, frente a los 440,000 millones que China envía a EE.UU., lo que reduce el poder de negociación de Pekín. Además, China ha añadido medidas no arancelarias, como controles aduaneros estrictos y prohibiciones a empresas estadounidenses, pero estas han sido calificadas como “qualitativas” y menos efectivas.
La guerra comercial de Trump es un movimiento audaz para recuperar la hegemonía económica de EE.UU. Mientras China se tambalea bajo el peso de los aranceles, con fábricas cerradas y trabajadores desesperados, EE.UU. apuesta por un resurgimiento industrial que promete empleos y seguridad.
