May. 6, 2026 12:43 am
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El presidente Donald Trump lanzó este jueves una advertencia pública y rotunda contra Hamás: «No nos quedará otra opción que entrar y matarlos», escribió y defendió en sus redes sociales, en respuesta a la persistencia de episodios de violencia interna en la Franja de Gaza tras el reciente alto el fuego y el acuerdo sobre rehenes.

La frase, literal y sin ambages, reafirma la política de tolerancia cero que la Casa Blanca adopta frente a cualquier acción que ponga en riesgo a civiles, altere el orden público o fracture el ya frágil proceso humanitario.

Los hechos son claros y preocupantes: el llamado de Trump llega después de informaciones sobre ejecuciones y enfrentamientos entre facciones dentro de Gaza —incluidos grupos criminales y milicias rivales— que han aprovechado el vacío de control en varias zonas devastadas por la guerra.

El presidente aseguró que Hamás “debe desarmarse” y advirtió que, si no lo hace, Washington podría promover o respaldar acciones rápidas y contundentes para restablecer la seguridad. La Casa Blanca aún no detalló los mecanismos precisos con los que pretende ejecutar esa amenaza.

El presidente Donald Trump advirtió el jueves a Hamas que «no tendremos otra opción que entrar y matarlos» si el derramamiento de sangre interno persiste en Gaza.

La advertencia se produce en el marco de un conflicto que ya cumple dos años y que ha dejado cifras estremecedoras: según informes del equipo humanitario de la ONU y del Ministerio de Salud de Gaza, entre el 7 de octubre de 2023 y el 7 de octubre de 2025 se registraron aproximadamente 67.173 palestinos muertos y decenas de miles de heridos; la cifra incluye una elevada proporción de civiles y menores, y subraya la magnitud del drama humanitario.

Al mismo tiempo, el intercambio de rehenes y cuerpos en los últimos días —con la entrega de restos de israelíes y la liberación de prisioneros palestinos en el marco del acuerdo— ha sido irregular y ha tensado aún más el clima político.

La declaración presidencial tiene consecuencias prácticas: refuerza la alianza entre Washington e Israel en materia de seguridad y tira de la cuerda diplomática contra aquellos actores que normalizan o minimizan la violencia interna y el terrorismo.

Desde una perspectiva conservadora, la defensa del orden y de la autoridad legítima —incluida la capacidad de los Estados para imponer la ley y proteger a las familias y a las instituciones— es elemento esencial para cualquier salida duradera a la crisis.

Trump dice que “no tendremos otra opción” que matar a Hamás si no dejan de matar gente en Gaza.

La incapacidad o la tibieza para castigar a quienes cometen crímenes en zonas en conflicto agrava el sufrimiento, erosiona la confianza en las instituciones y facilita la explotación criminal del auxilio humanitario.

El alto el fuego y el acuerdo de intercambio de rehenes que entraron en vigor la pasada semana introdujeron cláusulas precisas sobre devolución de cadáveres e intercambio de prisioneros; no obstante, ambas partes han acusado a la otra de incumplimientos y de manipular los mecanismos humanitarios.

Israel, por su parte, insiste en que no cederá en la exigencia de cumplimiento de lo pactado y mantiene la presión sobre Hamás para que rinda cuentas por la seguridad interna en Gaza.

Frente a este escenario, la reacción de amplios sectores de la izquierda internacional —que relativizan la amenaza terrorista o que piden concesiones sin garantías de seguridad— revela una peligrosa desconexión con la realidad: la defensa de los derechos humanos no puede convertirse en excusa para tolerar bandas armadas ni para minar la autoridad legítima.

La seguridad de las familias, la restauración del orden y la protección de las instituciones democráticas deben prevalecer sobre la retórica indulgente.

Pedir moderación sin exigir resultados verificables ni mecanismos de control real es, en la práctica, avalar la impunidad y prolongar el sufrimiento.

La contundencia en la acción —y no la complacencia— es la única vía honesta para restaurar la paz y defender el tejido social tradicional que sostiene a las naciones.

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