El presidente colombiano Gustavo Petro enfrentó uno de los momentos más humillantes de su mandato, la IV Cumbre entre la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) y la Unión Europea (UE), programada para los días 9 y 10 de noviembre de 2025, se inauguró con sillas vacías y un eco de ausencias que resonó como un portazo a las ambiciones del mandatario izquierdista.
De los 60 jefes de Estado y de Gobierno invitados —33 de la CELAC y 27 de la UE—, solo nueve confirmaron su presencia física al final, mientras que 51 optaron por delegaciones menores o declinaron por completo.
Este bajo perfil no fue un mero capricho de agendas sobrecargadas, sino un claro rechazo a la figura de Petro, cuya retórica antiestadounidense y alianzas controvertidas han aislado a Colombia en el escenario internacional.
Petro, copresidente del evento en su rol como presidente pro tempore de la CELAC, sube al podio con la esperanza de posicionar a Hispanoamérica como un «faro de democracia» frente a las «barbaries» globales. Pero en lugar de un auditorio repleto de líderes, solo un puñado de aliados fieles lo acompaña: Luiz Inácio Lula da Silva de Brasil, Pedro Sánchez de España, António Costa del Consejo Europeo, Yamandú Orsi de Uruguay —aunque su asistencia se confirmó a última hora y generó dudas—, junto a los primeros ministros de Portugal, Guyana, Dominica y Granada.
Ausentes notables: la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, quien canceló invocando «compromisos en Europa» pero en realidad huyendo de la sombra de las sanciones estadounidenses contra Petro; el canciller alemán Friedrich Merz; la primera ministra italiana Giorgia Meloni; el presidente francés Emmanuel Macron; y de América, Javier Milei de Argentina.
Incluso el uruguayo Orsi, parte de la troika CELAC, terminó representado por un viceministro, según reportes de última hora.
Petro no se quedó callado. En su discurso de apertura, arremetió contra «fuerzas ajenas a la paz de las Américas» que buscaban hacer «fracasar» la cumbre, una alusión directa a las presiones de Washington bajo Donald Trump.
Trump ha acusado públicamente a Petro de ser un «líder narcotraficante» y aliado de Nicolás Maduro, a quien tilda de capo de carteles. Estas palabras no son retórica vacía: el 29 de octubre, Trump impuso sanciones económicas a Colombia, retirando su certificación como aliado en la lucha antidrogas y cortando ayuda por valor de millones.
Fuentes diplomáticas coinciden en que estas medidas generaron un efecto dominó: líderes europeos, temerosos de irritar a EE.UU. en un momento de tensiones comerciales y militares en el Caribe —donde aviones estadounidenses han bombardeado lanchas sospechosas de narcotráfico—, optaron por la distancia.
Este fiasco no sorprende a quienes seguimos de cerca la deriva izquierdista de Petro. Como exguerrillero del M-19 —un grupo con historial de secuestros y atentados, incluyendo el asesinato de ciudadanos estadounidenses—, el presidente colombiano ha priorizado su agenda socialista por encima de la estabilidad regional.
Su defensa inquebrantable de Maduro, pese a las elecciones fraudulentas en Venezuela y las acusaciones de narcotráfico contra el régimen chavista, ha envenenado sus relaciones con el hemisferio.
Recuerden: en enero de 2025, Petro convocó una cumbre extraordinaria de CELAC para contrarrestar las deportaciones masivas de migrantes anunciadas por Trump, pero Honduras la canceló por falta de consenso, dejando al colombiano con las manos vacías.
Ahora, en Santa Marta, el patrón se repite: una CELAC fracturada, donde países como Argentina y México ven con recelo las maniobras petristas para colar temas internos como consultas populares o reelecciones en la declaración final, según filtraciones diplomáticas reportadas por El Colombiano.
Lo peor es cómo este aislamiento debilita a Colombia. Mientras Petro sueña con una «triple transición» —energética, digital y ambiental— para unir a Europa y a Hispanoamérica contra el «imperialismo», el país sufre las consecuencias reales: inflación galopante, un peso devaluado y un éxodo de inversión extranjera.
La UE, pragmática, prometió 1.150 millones de dólares para energías renovables en Centroamérica, pero evitó compromisos firmes con Bogotá. Lula, su único salvavidas, llegó exigiendo discutir los buques de guerra estadounidenses en aguas hispanoamericanas, pero ni siquiera eso bastó para llenar el salón.
En cambio, la cumbre China-CELAC, planeada para más adelante, ya genera más entusiasmo en la región, como ironizó un tuitero venezolano: «¿Qué hay que discutir con el Occidente quebrado? China ofrece empleo y tecnología».
Anteriormente lo habíamos reportado en Gateway Hispanic: el historial de Petro como miembro del M-19 lo vincula a crímenes que EE.UU. no olvida, y su presidencia de CELAC solo acelera su descrédito internacional.
Este revés en Santa Marta no es un tropiezo aislado, sino la factura de un socialismo que prioriza ideología sobre pragmatismo, alejando a aliados y fortaleciendo a adversarios como Trump.
Colombia merece líderes que unan, no que dividan con soflamas anticapitalistas. Petro, con su retórica incendiaria, solo acelera el declive de una nación que podría ser potencia regional. Es hora de que el Congreso y la sociedad civil exijan un giro: menos SOCIALISMO, más mercados abiertos y alianzas reales con el mundo libre.
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