May. 26, 2026 2:19 pm
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El presidente Donald Trump ha dejado claro que la reciente debilidad del dólar no le preocupa. Al ser preguntado directamente por la caída del billete verde, respondió sin rodeos que le parece “estupendo”.

Lejos de una frase improvisada, la afirmación encaja en una estrategia económica conocida, coherente con su visión mercantilista y con una prioridad constante desde su llegada a la Casa Blanca: fortalecer la economía real de Estados Unidos y devolver protagonismo a su industria y a sus trabajadores.

Un dólar más débil abarata los productos fabricados en Estados Unidos frente a los de sus competidores internacionales. Para muchas comunidades industriales, esto no es una discusión técnica, sino una cuestión de supervivencia.

Cuando las exportaciones se vuelven más competitivas, las fábricas recuperan pedidos, los turnos aumentan y el empleo vuelve a barrios que durante décadas han sufrido cierres, deslocalizaciones y abandono.

Esa es la lectura que hace Trump y la razón por la que no muestra inquietud ante la depreciación de la divisa. El presidente siempre ha mantenido una posición ambivalente respecto al dólar.

Reconoce su papel como instrumento de poder global, pero también ha señalado en numerosas ocasiones que una moneda excesivamente fuerte castiga a la producción nacional.

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Según su planteamiento, otros países han utilizado durante años la manipulación de sus monedas para ganar ventaja comercial. Desde esa óptica, permitir una corrección del dólar sería una forma de equilibrar el terreno de juego y proteger al productor estadounidense frente a prácticas desleales que han perjudicado a trabajadores y pequeñas empresas.

Esta tolerancia hacia un dólar más débil se produce, sin embargo, en un contexto complejo. Estados Unidos acumula una deuda pública cercana a los 40 billones de dólares, lo que convierte la estabilidad monetaria en un factor clave para la confianza internacional. Una depreciación prolongada podría encarecer la financiación exterior y generar tensiones en los mercados.

Trump parece confiar en que el estatus del dólar como moneda de reserva mundial siga sosteniendo su atractivo, incluso en un escenario de ajuste controlado. En los últimos días, la incertidumbre se ha visto alimentada por factores geopolíticos y por movimientos en Asia, especialmente en Japón, donde el yen ha sufrido una fuerte presión.

Los rumores sobre posibles coordinaciones entre autoridades monetarias han añadido volatilidad y han abierto el debate sobre hasta qué punto Washington está dispuesto a aceptar un dólar más débil para lograr objetivos comerciales y financieros más amplios.

En este marco aparece la llamada estrategia de Mar-a-Lago, impulsada por el entorno económico del presidente. La tesis central es que los déficits comerciales de Estados Unidos no se deben únicamente al gasto interno, sino a la sobrevaloración del dólar, sostenida por la enorme demanda internacional de bonos del Tesoro.

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Reducir ese valor de forma ordenada permitiría reindustrializar el país, atraer empleo mejor pagado y exigir a los aliados una contribución más justa al sistema de seguridad global. Para muchas comunidades olvidadas por la globalización, este planteamiento supone al menos la sensación de que alguien vuelve a pensar en ellas.

Las consecuencias de este enfoque ya se sienten en la calle. Un dólar más débil puede encarecer productos importados y afectar al consumo, pero también puede revitalizar zonas productivas que llevaban años al margen del crecimiento económico.

Trump parece dispuesto a asumir ese equilibrio de riesgos, convencido de que una economía fuerte empieza por la producción, no por la ingeniería financiera.

Frente a esta estrategia, la izquierda sigue instalada en una política diseñada desde despachos alejados de la realidad diaria. Sus recetas globalistas han debilitado comunidades, erosionado la familia y sustituido empleo estable por dependencia y subsidios. Mientras unos apuestan por recuperar industria, orden y responsabilidad, otros siguen ignorando las consecuencias sociales de sus decisiones y abandonan al ciudadano común.

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