La zona que divide Jalisco y Zacatecas sigue sin un respiro en medio de la violencia que azota varias partes del país. Esta región, donde el Cártel Jalisco Nueva Generación ha tenido fuerte presencia durante años, se ha vuelto especialmente complicada desde la muerte de Nemesio Oseguera Cervantes, conocido como “El Mencho”.
El episodio más reciente ocurrió el 9 de marzo de 2026 en el municipio de Colotlán, donde elementos de la Policía Regional de Jalisco fueron agredidos con explosivos lanzados desde drones mientras realizaban labores de patrullaje en la comunidad de La Hiedrita, muy cerca de los límites con Zacatecas.
De acuerdo con reportes preliminares confirmados por diversas fuentes, un grupo de civiles armados utilizó narcodrones para detonar artefactos explosivos contra los uniformados. El resultado fue una agente de policía herida en una pierna por la onda expansiva de una detonación.
La oficial recibió atención inmediata en el lugar, se reportó estable y fue trasladada en helicóptero a un hospital de Zapopan para su valoración especializada. Elementos de la Guardia Nacional y el equipo aerotáctico Titán de la Policía Estatal de Jalisco llegaron rápidamente al sitio para reforzar la zona y controlar la situación, sin que se reportaran más lesionados ni detenidos en ese momento.
Este ataque no es un hecho aislado. Se inscribe en la ola de violencia que estalló tras el abatimiento de Nemesio Oseguera Cervantes, alias “El Mencho”, fundador y líder del CJNG, ocurrido el 22 de febrero de 2026 durante un operativo del Ejército Mexicano en Tapalpa, Jalisco. El capo, de 59 años, murió por múltiples impactos de bala según el acta de defunción número 3830 del Registro Civil de la Ciudad de México.
Su cuerpo fue entregado a la familia y sepultado en Guadalajara en medio de un fuerte dispositivo de seguridad. La muerte del máximo jefe criminal desató represalias inmediatas: narcobloqueos, quema de vehículos y enfrentamientos en más de 20 estados del país.
La frontera Jalisco-Zacatecas se ha convertido en una de las plazas más calientes del país precisamente por estas disputas territoriales. El CJNG, aunque golpeado en su cúpula, mantiene capacidad operativa y ha recurrido cada vez más al uso de narcodrones, una tecnología que le permite atacar a distancia y con precisión a fuerzas de seguridad y rivales.
Expertos en seguridad han documentado el aumento de estos artefactos en los últimos años, adaptados inicialmente de modelos agrícolas y luego modificados para lanzar explosivos, lo que representa un salto cualitativo en el armamentismo del crimen organizado.
A pesar de los anuncios oficiales sobre el despliegue de miles de elementos federales y cientos de detenciones que supuestamente han debilitado al CJNG, la realidad sobre el terreno demuestra que la violencia no cede. Las comunidades rurales como La Hiedrita siguen expuestas al fuego cruzado, y el uso de tecnología avanzada por parte de los criminales revela que las estructuras financieras y logísticas del cártel permanecen intactas.
Esta persistencia de la inseguridad en regiones que deberían estar bajo control estatal pone de manifiesto los límites de una estrategia que prioriza golpes mediáticos a capos sin desmantelar las redes completas.
Es urgente un cambio de enfoque: mayor coordinación entre autoridades estatales y federales, inteligencia de primer nivel y una política de mano firme que priorice la protección real de los ciudadanos sobre las declaraciones triunfalistas. Mientras el narco se moderniza, la seguridad de los mexicanos en estas zonas no puede seguir siendo una cuenta pendiente.
