Izanami Martinez: La Junta de Castilla sustituye ‘Navidad’ y ‘Semana Santa’ por ‘Descanso’
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Izanami Martinez: La Junta de Castilla sustituye ‘Navidad’ y ‘Semana Santa’ por ‘Descanso’
En un acto de Ingeniería social y odio a la religión verdadera el gobierno socialista de Emiliano García-Page en Castilla-La Mancha ha decidido amputar las raíces cristianas de España. Para el curso escolar 2025-2026, los históricos periodos vacacionales de «Navidad» y «Semana Santa» han sido oficialmente eliminados del calendario educativo, reemplazados por los términos asépticos y desprovistos de significado de «Descanso». Este es un movimiento calculado y deliberado dentro de la agenda globalista y secularizadora que busca reescribir la identidad nacional, borrar la memoria histórica de la una nueva generación e infundir la creencia de que su herencia es algo de lo que debe avergonzarse o, peor aún, algo que debe ser erradicado. Mientras la izquierda europea clama por la «diversidad», su único objetivo real es la uniformidad ideológica: un mundo despojado de cualquier vestigio del cristianismo y de los valores occidentales que de él emanaron.
Este ataque frontal contra la cristiandad no ocurre en el vacío. Es la gota que colma el vaso en una campaña sistemática de persecución pasiva-agresiva. Mientras se elimina cualquier referencia pública al nacimiento de Cristo o a su pasión, se normalizan y financian con fondos públicos los símbolos y prácticas de otras ideologías y religiones. El caso paradigmático es el de las ciudades autónomas de Ceuta y Melilla, donde los niños españoles tienen un menú halal por defecto en los comedores escolares, en nombre de una «tolerancia» que solo fluye en una dirección. Esta es la esencia de la dictadura ideológica progresista: se exige a la mayoría histórica y cultural que se disculpe, se silencie y se autoanule, mientras se aplaude, subvenciona y prioriza cualquier expresión que se considere «minoritaria» o «disidente» con la tradición occidental. La solidaridad es obligatoria hacia todos, excepto hacia uno mismo y los propios antepasados.
Lo más perverso de esta estrategia es cómo ha logrado paralizar y dividir a la propia comunidad cristiana. Mientras debates internos—a menudo fomentados y magnificados por los medios—nos distraen discutiendo si el árbol de Navidad es pagano o qué villancicos son apropiados, el aparato del Estado, capturado por la ideología woke y globalista, avanza silenciosamente con su proyecto de limpieza cultural. Nos han convencido de que expresar nuestro legado en público es «ofensivo», «intolerante» o «discurso de odio», mientras cualquier otra creencia puede desfilar sin reparos. El resultado es una autocensura masiva por miedo a las represalias sociales, laborales o incluso judiciales. Hemos aceptado celebrar «fiestas» en lugar de la Natividad, y hemos llamado a eso «inclusión», cuando en realidad es nuestra propia capitulación.
La eliminación de la Navidad y la Semana Santa del calendario escolar castellano-manchego es un símbolo poderoso de una guerra más amplia. Es la materialización de la «dictadura de lo políticamente correcto», donde la nueva ortodoxia secular, antihistórica y antiespañola, se impone por decreto. Ya no es necesario prohibir abiertamente la fe; basta con hacerla invisible, relegarla al ámbito estrictamente privado, hasta que las nuevas generaciones la vean como una reliquia extraña y sin relevancia. Este es el método para crear un «hombre nuevo», desarraigado, sin identidad y, por tanto, fácilmente maleable por los designios de una élite tecnocrática que desprecia la nación, la familia y la fe.
Frente a esta ofensiva, callar es complicidad. Los cristianos en España, y por extensión todos los que valoran la libertad cultural y la verdad histórica, no son una «minoría» a proteger, sino la esencia de lo que ha construido la nación. Son, sin embargo, tratados como la «diversidad perseguida» en su propia tierra. La respuesta no puede ser el aislamiento o el miedo. Debe ser la reafirmación orgullosa y pública de nuestra herencia, la defensa legal de nuestros derechos y la denuncia incansable de esta hipocresía totalitaria que, en nombre de la inclusión, practica la exclusión más profunda. Lo que ocurre en Castilla-La Mancha es una advertencia para toda España y para Occidente: si permitimos que borren nuestros símbolos, pronto vendrán por nuestras libertades.
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