Abr. 16, 2026 11:27 pm

Juan Miguel Zunzunegui ¿Hay que descolonizar la historia de España y América?

Zunzunegui Desarma la Farsa Descolonizadora: «¿Deberíamos descolonizar la historia?»

En una demoledora ponencia, el escritor e historiador Juan Miguel Zunzunegui ha puesto en evidencia la absoluta vacuidad, hipocresía y peligro del mantra progresista de «descolonizar la historia» de España y América. Frente a una corriente ideológica que busca reescribir el pasado con el odio y el resentimiento del presente, Zunzunegui ha empleado el arma más temida por la izquierda: el sentido común. Su argumentación, sencilla, directa e irrefutable, desmonta con lógica implacable y un toque de sátira la narrativa victimista que pretende reducir cinco siglos de historia compartida a un simple relato de opresión, ignorando la realidad de una empresa civilizatoria que forjó naciones y un mundo nuevo.

Con la pregunta retórica de si América fue conquistada o invadida, Zunzunegui sienta las bases de su tesis: la complejidad histórica no puede reducirse a eslóganes simplistas. Al señalar que, por ejemplo, los aztecas invadieron y sojuzgaron a otros pueblos mesoamericanos antes de la llegada española, expone la doble moral de quienes aplican el concepto de «invasión» solo a los europeos, idealizando un pasado prehispánico frecuentemente tan imperialista y violento. Acepta que hubo colonización, pero insiste en matizarla: fue un proceso de fundación, de creación de instituciones, ciudades, universidades y una cultura mestiza que es el alma de la América hispana. Reducirla a un mero acto de rapiña es un fraude intelectual.

Es en su réplica práctica donde Zunzunegui alcanza su mayor efectividad. Ante la demanda etérea de «descolonizar», responde con ejemplos concretos que cualquier ciudadano puede entender: «¿Dejarían de comer tortilla de patata?». La patata, el tomate, el cacao, el maíz: productos americanos que revolucionaron la dieta europea y hoy son pilares de la cultura española. Su provocación es genial: si la descolonización es borrar la huella del otro, entonces habría que renunciar a la mitad de la cocina, derribar Madrid y Sevilla (ciudades que florecieron con el impulso imperial), y prohibir el español a cientos de millones de personas. El absurdo de la premisa queda al descubierto. Es una llamada a reconocer que la historia es un tejido complejo de intercambios, encuentros y fusiones, no una línea recta de víctimas y verdugos.

Finalmente, Zunzunegui apunta al núcleo del problema: el sustrato ideológico y casi religioso del movimiento anti hispanista «descolonizador». Señala con ironía que, en coherencia, habría que expulsar a Dios, a la Virgen de Guadalupe y a la Semana Santa para regresar a los «amorosos brazos de Huitzilopochtli», una deidad cuyo culto exigía sacrificios humanos masivos. Este contraste pone de relieve la mala fe de una ideología que, bajo una máscara de justicia, pretende erradicar los cimientos culturales y espirituales de Occidente y de la Hispanidad, sustituyéndolos por una visión edulcorada y ficticia de lo precolombino. Su conclusión es poderosa: la frase «descolonizar la historia» es superficial, hueca y carente de significado real, pero peligrosísima porque envenena el presente con un odio al pasado que impide construir un futuro en común. Es un llamado a defender la hispanidad con orgullo, reconociendo sus luces y sombras, frente a quienes quieren dinamitar nuestra memoria.

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