Abr. 17, 2026 1:19 pm

Sheinbaum desestima a Estados Unidos, pero guarda silencio sobre la crisis que vive México

Las recientes declaraciones de la Presidenta Claudia Sheinbaum vuelven a exhibir una contradicción cada vez más evidente en el discurso de la izquierda mexicana. Al referirse al sistema estadounidense, Sheinbaum afirmó que Estados Unidos “no es un modelo”, argumentando que ese país enfrenta “muchos problemas de valores”, adicción a las drogas y otros males que —según ella— México no tiene. La afirmación, además de simplista, plantea una pregunta inevitable: si Estados Unidos no es modelo, ¿México sí lo es?

La realidad mexicana desmiente con fuerza esa narrativa. México vive hoy una crisis de seguridad sin precedentes: niveles históricos de homicidios, regiones enteras controladas por el crimen organizado, extorsión generalizada, desapariciones masivas y una impunidad que supera el 90 %. Hablar de “valores” mientras los cárteles imponen ley, reclutan jóvenes y desafían abiertamente al Estado resulta, como mínimo, desconectado de los hechos.

Sheinbaum intenta contrastar los problemas de adicción en Estados Unidos con una supuesta superioridad moral mexicana, pero omite que México es uno de los principales países productores y exportadores de las drogas que alimentan esa crisis. Además, el consumo interno también ha crecido, mientras el gobierno minimiza el problema y prioriza discursos ideológicos por encima de políticas firmes de seguridad y prevención.

Decir que México no tiene los “problemas” de Estados Unidos ignora deliberadamente que millones de mexicanos viven con miedo cotidiano: miedo a salir de noche, a circular por carreteras, a denunciar delitos o simplemente a estar en el lugar equivocado. No se trata de una discusión académica sobre modelos educativos o culturales, sino de una comparación básica entre un país que, con todos sus problemas, mantiene instituciones funcionales, y otro donde el Estado ha cedido terreno frente al crimen.

La izquierda mexicana suele recurrir a la crítica constante contra Estados Unidos como reflejo automático de su discurso, pero rara vez asume la responsabilidad por el deterioro interno. Descalificar al vecino del norte no convierte a México en un ejemplo; menos aún cuando los indicadores de seguridad, justicia y Estado de derecho muestran un retroceso claro bajo gobiernos afines a esa misma ideología.

Estados Unidos no es perfecto, y nadie serio lo afirma. Pero tampoco lo es México, y pretender una superioridad moral mientras el país se hunde en violencia y descomposición social no es liderazgo.