Siempre hay escándalo cuando se trata de antisemitismo, pero nada pasa en defensa del cristianismo
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Siempre hay escándalo cuando se trata de antisemitismo, pero nada pasa en defensa del cristianismo
En los últimos días, un video grabado en el Reino Unido ha desatado un intenso revuelo mediático y una ola de indignación internacional. En las imágenes, se observa a varios hombres arrojando líquido a transeúntes, un acto que, aunque aparentemente “inofensivo” para algunos, constituye una agresión inaceptable. Las autoridades británicas han actuado con rapidez: los responsables han sido arrestados y podrían enfrentar penas de prisión. La cobertura mediática ha sido inmediata, intensa y global, como si el caso representara una afrenta de proporciones históricas.
Nadie niega que este tipo de actos deben ser castigados. Lanzar cualquier sustancia a una persona en la vía pública es un acto que no debe tolerarse, ya que podría ser agua… o algo mucho peor. El problema no es que se actúe contra este hecho, sino la evidente disparidad en la reacción mediática y política cuando la víctima pertenece a ciertos grupos protegidos. La pregunta inevitable es: ¿por qué no se aplica la misma vara de medir cuando la víctima es un cristiano?
Las declaraciones posteriores han encendido aún más la polémica. El activista israelí de derecha, Elisha Yered, afirmó que escupir cerca de iglesias o monasterios es una antigua tradición judía. Aún más sorprendente fue lo dicho por Limor Son Har-Melech, miembro de la Knesset, quien aseguró que existe incluso una bendición que los judíos deben pronunciar al ver una iglesia: «Bendito sea Él que tiene paciencia con quienes violan Su voluntad». Según ella, esta oración elogia a Dios por no castigar de inmediato a quienes, a su juicio, practican idolatría. En pocas palabras, una expresión directa de desprecio hacia la fe cristiana.
Este tipo de afirmaciones deja en evidencia la doble moral que predomina en la cobertura mediática internacional. Cuando el acto hostil va dirigido contra ciertos colectivos, la respuesta es inmediata: arrestos, condenas públicas, titulares a gran escala. Sin embargo, cuando el blanco es un cristiano y el agresor pertenece a un grupo considerado “intocable” por la prensa y las élites políticas de Occidente, reina el silencio. No hay indignación masiva, no hay presión diplomática, no hay marchas multitudinarias. El caso se diluye rápidamente, como si la fe cristiana fuera un blanco legítimo para el desprecio y la burla.
La ironía es que Occidente, que se autoproclama defensor de la diversidad y la tolerancia, parece tener una tolerancia selectiva. La libertad de culto se defiende con fuerza… siempre y cuando el culto no sea el cristiano. Esto no solo es una contradicción moral, sino también un peligro para la cohesión social. Un sistema que permite ataques sistemáticos contra un grupo mayoritario, mientras protege de toda crítica a otros, no está defendiendo la igualdad, sino cimentando un modelo de privilegios ideológicos.
Es necesario exponer esta hipocresía. El cristianismo, base moral e histórica de las naciones occidentales, está siendo relegado al estatus de fe “aceptable de atacar” bajo el disfraz de libertad de expresión o “tradiciones culturales” ajenas. Si un acto similar fuera dirigido contra una sinagoga o una mezquita, la condena sería inmediata y global. Pero si ocurre contra una iglesia, la reacción es tibia o inexistente.
Lo que está en juego no es únicamente el respeto a los cristianos, sino la integridad de un principio fundamental: todos los ciudadanos merecen la misma protección bajo la ley, sin importar su fe. Si el antisemitismo se condena con razón, el cristianofobia también debe ser denunciada y castigada. La imparcialidad no debería ser opcional.
Es hora de que el mundo deje de mirar hacia otro lado y reconozca que la discriminación contra los cristianos no es un invento ni una exageración, sino una realidad que se manifiesta en actos, palabras y políticas. Y mientras los grandes medios sigan silenciando estos abusos, la desigualdad seguirá creciendo, erosionando los valores que dicen defender.
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