May. 1, 2026 10:51 am
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Recuerdo que fue hacia 2020 cuando mi padre me recomendó ver la película Hillbilly Elegy, dirigida por Ron Howard y disponible en Netflix.

Los papeles interpretados por Glenn Close y Amy Adams me impactaron positivamente, dejando una huella profunda.

En ese tiempo, la pandemia azotaba con fuerza a España, y el gobierno, en su ineficacia, parecía empeorar la situación. Lo que muchos no sabían es que, en 2024, el gobierno sigue siendo una carga para su propio pueblo, profundizando la crisis.

La pandemia nos afectó a todos, perdiendo muchos de nosotros nuestros trabajos, y para mí, fue una ocasión para redescubrir mis raíces.

Mientras que muchos estadounidenses recuerdan sus primeros trabajos en hamburgueserías o comercios, los que crecimos en el Aljarafe y otras comarcas rurales, nuestra memoria laboral se remonta a la cosecha de la aceituna, entre otros trabajos de campo.

Como dice un paisano mío, “al final, el campo es como una madre que siempre recoge a sus hijos.”

Yo también trabajé en el campo hasta poder recomponerme. Ese tiempo, marcado por la dureza de la vida rural, es un orgullo que me acompaña siempre.

En la naturaleza, las mentiras tienen las patas muy cortas, y uno aprende a valorar profundamente el esfuerzo y sacrificio que implica llevar un plato de comida a casa.

Hasta hace poco no sabía que la película estaba basada en el libro de J. D. Vance, quien, hoy en día, es vicepresidente de los Estados Unidos.

Vance vivió una infancia mucho más difícil que la mía, sin haber tenido que enfrentar los mismos problemas familiares. Pero, lejos de caer en la autocompasión, Vance tomó las riendas de su vida y construyó su propio futuro.

Su historia refleja a la perfección el entorno rural olvidado, despreciado social y económicamente. Un entorno donde muchos jóvenes ya no aguantan más las lecciones de los progres y élites que, desde sus lujosos yates, predican sobre el dogmatismo climático y lecciones de feminismo, mientras viven en total contradicción con sus propios discursos.

Es por eso que muchos jóvenes han terminado identificándose más con la generación de sus abuelos que con la de sus padres. No porque deseen regresar al pasado, sino porque aquellos valores ancestrales les ofrecen una visión mucho más clara y esperanzadora del futuro, en un presente secuestrado por la asfixiante tiranía del “wokismo”.

Hoy en día, algunos “periodistas” insisten en calificar de racistas y misóginos a afroamericanos e hispanos que han votado por Trump. Ya no se puede demonizar al “redneck” como antes, porque la hipocresía de la élite se ha destapado: su paternalismo divide y trata a las personas como mascotas, mientras desprecia a los más humildes y trabajadores.

El “wokismo”, en esencia, es un ideario oligárquico que desprecia formas de vida que trascienden el color de la piel. Como señalamos anteriormente, queda mucho por hacer, pero debemos sentirnos orgullosos de los valores que nuestros mayores nos inculcaron, porque son el mejor ejemplo de resistencia y victoria.

Los sentimientos de identificación y pertenencia, los que muchos de nosotros sentimos, han emergido con justicia. Los que nacimos en entornos rurales estamos hartos de ser despreciados y atacados por aquellos que nos están llevando a la ruina moral y material. Y si, en la Casa Blanca, suena el sonido del “hillbilly” como música de fondo, será una señal de que las cosas están cambiando para mejor.

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