Abr. 16, 2026 10:25 pm
fotos-pagina-web-gh---2025-05-07t174036.860

A solo 140 km de Florida, Pekín construye en Bejucal una instalación para espiar a Estados Unidos, con la complicidad de La Habana. El silencio de la izquierda latinoamericana delata su hipocresía, mientras la seguridad regional pende de un hilo.

Imágenes satelitales han destapado el último zarpazo de China en el Caribe: una base de espionaje en Bejucal, Cuba, a apenas 140 kilómetros de Florida. Diseñada para interceptar señales aéreas y marítimas de Estados Unidos, esta instalación, según el Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS), es una bofetada a la seguridad norteamericana.

La base, un complejo circular de antenas (CDAA) en construcción desde 2024, puede captar señales a 12,800 km, espiando bases militares, lanzamientos espaciales y tráfico marítimo.

China está convirtiendo Cuba en su puesto de escucha”, advierte Thomas Corbett, analista del CSIS, en un informe del 6 de mayo. Bejucal se suma a otros sitios cubanos –El Salao, Wajay y Calabazar– modernizados con tecnología china.

Cuba, aferrada a su quimera socialista, lo niega todo. Carlos Fernández de Cossío, viceministro de Exteriores, califica las imágenes de “fantasiosas”. Pero las fotos satelitales son contundentes, y la historia no miente: desde los años 90, Pekín y La Habana tejen una alianza regada con dólares y ambiciones.

El panorama es inquietante. China, que ya opera puertos en Perú y coquetea con bases en el Caribe, explota la ceguera ideológica de la izquierda regional. Gobiernos como los de Venezuela, Nicaragua o Brasil callan mientras Pekín clava sus garras en América Latina, hipnotizados por sus promesas de “cooperación”.

El Salao, otra base cerca de Santiago de Cuba, mostró avances en 2021, aunque las obras parecen estancadas. Bejucal, en cambio, crece con zanjas y antenas que proclaman intenciones. El Pentágono, en alerta, promete respuestas, pero la tibieza de la administración Biden genera escepticismo.

La complicidad cubana tiene raíces profundas. Desde la Crisis de los Misiles, La Habana ha sido un peón de potencias antiamericanas. Hoy, con China inyectando “miles de millones” –según el Wall Street Journal en 2023–, el régimen castrista alquila su suelo, traicionando la soberanía del hemisferio.

La izquierda, siempre presta a demonizar el “imperialismo yanqui”, guarda un silencio cómplice ante este avance chino. Los progresistas, tan elocuentes en sus marchas, parecen mudos cuando el dragón asiático amenaza la región.

Estados Unidos no puede quedarse de brazos cruzados. El congresista Carlos Giménez, republicano de Florida, exige sanciones inmediatas. “Permitir un enclave comunista chino a 90 millas de nuestras costas es intolerable”, sentencia.

La región está en jaque. Rusia envía submarinos a La Habana, y China construye puertos estratégicos. La competencia geopolítica se intensifica, y solo una postura firme frenará esta danza de tiranos.

En un mundo asediado por regímenes totalitarios, los valores conservadores –soberanía, familia, libertad– son el faro que guía a las naciones libres. Frente a la alianza de Pekín y La Habana, urge un liderazgo valiente que defienda nuestro hemisferio, proteja a nuestras familias y mantenga viva la llama de la libertad.

Que China y sus aliados lo sepan: el espíritu americano no se doblega.

About The Author