Dos Vizcarra participan activamente en la enferma democracia peruana, con una inversión monetaria en campañas políticas nunca antes vista en la historia del Perú. Martín Vizcarra, el menor de los hermanos, cumple una condena de catorce años de prisión efectiva, tras comprobarse que solicitó y recibió sobornos cuando era gobernador regional de Moquegua.
Uno de los testigos en su contra, su amigo y socio José Manuel Hernández —a quien Martín Vizcarra negó—, dejó una frase inmortal y, a la vez, nauseabunda que describe con precisión la inmoralidad de la clase política peruana. El enunciado salió de los propios labios de Martín: “Se comen la torta solos”, acusando a las empresas a las que previamente había exigido sobornos y a las que luego reclamó el pago con ferocidad hasta el último centavo.
La acusación, cargada de celos, ambición y envidia, surgió porque Martín observaba cómo esas empresas obtenían beneficios al ejecutar una obra pública mientras él no. Desde su posición de poder político, decidió extorsionarlas. Los empresarios aceptaron, convirtiéndose en cómplices: no tuvieron la fuerza ética para denunciarlo. Cobardes también, no defendieron su honor, solo su bolsillo.
Las consecuencias para el pueblo peruano fueron devastadoras. Años después, Martín Vizcarra, mediante engaños y traición, llegó a la presidencia del Perú. Si los empresarios que pagaron los sobornos hubiesen denunciado al Vizcarra menor —el que hoy está en prisión—, doscientas mil personas estarían vivas en este momento.
El otro Vizcarra, el mayor, Mario, ha asumido ahora el rol de candidato presidencial en uno de los partidos de la familia Vizcarra, reemplazando a su hermano condenado. Es harina del mismo costal: intelectualmente más limitado, con menor vocabulario y cultura que el Vizcarra menor.
Este último, sin sangre en la cara —o mejor dicho, ya sin rostro—, llegó incluso a declarar que no había cometido adulterio, pese a la existencia de llamadas telefónicas, mensajes con la cómplice adúltera y registros de ingreso a un hotel. Aun así, sostuvo sin pudor que todo era falso.
Mario Vizcarra, o M. Vizcarra, también cuenta con una condena por corrupción, emitida el 4 de octubre de 2005 en Moquegua. Al igual que su hermano menor —el que hoy cumple condena—, ocupó el cargo de presidente del CTAR, hoy Gobierno Regional. La coincidencia resulta elocuente: dos hermanos, dos condenas por corrupción, el mismo cargo público y el mismo patrón de conducta.
A Mario Vizcarra se le impuso una condena de tres años de prisión suspendida por los delitos de peculado, falsa declaración en procedimiento administrativo y falsedad genérica. No recibió pena efectiva de cárcel, sabe Dios por qué razones, pero el tribunal fue claro al declararlo culpable por mentir y apropiarse de fondos públicos.
Lejos de servir como ejemplo para el hermano menor, esta condena pareció allanar el camino para peores prácticas. Martín Vizcarra hizo suya la frase “Se comen la torta solos”. Mario, por su parte, justificó el cobro doble al Estado alegando que “los sueldos eran excesivamente bajos”, reconociendo además una sanción administrativa.
La sentencia contra Mario Vizcarra también le ordenaba pagar tres mil soles por concepto de reparación civil, obligación que jamás cumplió. Tres mil soles no representan ninguna dificultad económica para él, pero su negativa revela un patrón de apego al dinero y desprecio por la ética pública.
Resulta aún más incomprensible que, existiendo miles de militantes en el partido familiar de los Vizcarra, se haya elegido como candidato presidencial a un personaje con condena por corrupción, plenamente consciente de que sería tachado. Pero se trata de un partido donde el que pone el dinero manda.
A este entramado se suma César Vizcarra Cornejo, quien se vacunó en secreto contra el COVID-19 junto con su hermano menor Martín y la esposa de este. César enfrenta una investigación abierta en Tacna junto con su hermano mayor y actual candidato presidencial, Mario Vizcarra Cornejo. La Fiscalía Anticorrupción de Tacna ha bautizado el caso como “Los Saqueadores de Ilabaya”.
Según la tesis fiscal, la empresa C y M Vizcarra habría emitido facturas por alquiler de maquinaria para el encauzamiento de un río por un monto de cinco millones de soles, sin haber ejecutado obra alguna. Existe un colaborador que los ha señalado, pero el proceso permanece estancado.
Mario Vizcarra, como hermano mayor, tenía la responsabilidad de educar con el ejemplo. Parece haber cumplido su misión, pero en sentido inverso. En su primera experiencia como servidor público cometió un delito y, al igual que Martín —el que hoy está en la cárcel—, no reconoce su culpa. Se victimiza, se indigna y culpa a terceros.
Hoy pretende llegar a la presidencia del Perú para disponer del inmenso presupuesto nacional a su antojo, tal como lo hizo su hermano menor, hoy condenado por corrupción. Queridos lectores, esto no es una fábula. Es real, documentado y comprobable. Tal vez sea el más crudo ejemplo del llamado “realismo mágico” de Hispanoamérica, donde lo inverosímil se convierte en rutina política.
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