May. 3, 2026 4:53 pm
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Mientras nuestras economías tiemblan y suspiran para que la guerra sea lo más breve posible, en Europa, con motivo de la Epic Fury Operation (Operación Furia Épica), se reabren viejos debates que evidencian por qué seguimos camino de la irrelevancia internacional. Porque o no hay nadie pilotando la nave de la UE, o hay treinta conductores dirigiendo a la vez, con una visión cortoplacista y escaso entendimiento geopolítico, o —peor aún— con intereses muy espurios.

La Epic Fury Operation, una guerra no tan preventiva como algunos sostienen, se desarrolla según lo previsto. Si el anterior enfrentamiento, en junio de 2025, la Rising Lion Operation (Operación León Rampante), tuvo objetivos mucho menos ambiciosos y más limitados y duró doce días, cabe suponer que las presentes operaciones —como advertía el tratadista y mariscal Carl von Clausewitz— durarán más, pues ningún plan militar resiste inalterado el primer disparo.

Otra cuestión distinta es que los especuladores y algunos responsables públicos jueguen con los miedos de los ciudadanos para obtener provecho propio. Sobre esto basta escuchar las declaraciones de las asociaciones de pequeños y medianos empresarios del sector de las gasolineras, que lo afirman con rotundidad.

Tras las dos primeras semanas de operaciones, en las que la coalición norteamericano-israelí ha conseguido la superioridad aérea y el control de los cielos iraníes, se ha continuado con la eliminación, en la medida de lo posible, del programa nuclear iraní, así como de sus capacidades de misiles y drones, incluyendo sus correspondientes infraestructuras industriales.

Aunque las capacidades estratégicas para almacenar y lanzar misiles, así como lanchas y minas, aún se mantienen en un porcentaje elevado —algunos lo estiman, en el primer caso, en al menos un 30 %—, lo suficientemente significativo como para suponer una amenaza para otros objetivos de la misión, previsiblemente irán reduciéndose progresivamente. También se ha neutralizado a parte de los líderes del país y de sus Fuerzas Armadas, lo que sugiere que el principio —casi tabú— de la prohibición del magnicidio ha entrado en crisis.

Este descabezamiento del régimen ha transformado su estructura de mando y control, ya sea por necesidad o porque probablemente ya estaba previsto. Se ha configurado una organización dispersa, funcionalmente desconcentrada y territorialmente descentralizada para asegurar su supervivencia.

Algo similar a cómo antaño se organizaba España en Capitanías Generales, con mandos de todas las armas, cuerpos y especialidades —infantería, caballería, artillería, ingenieros, intendencia, intervención, etc.— para que cada una fuese autosuficiente en la defensa operativa territorial y pudiera resistir una invasión o ataque. Por ello, Irán todavía tendrá reservas para seguir siendo una amenaza —a neutralizar— durante un tiempo.

Y, en efecto, como muchos habrán pensado, la estrategia actual del régimen de los ayatolás consiste en resistir a cualquier precio y ganar tiempo: una auténtica prueba de resistencia destinada a fomentar las divisiones políticas y las debilidades económicas de sus oponentes —Estados Unidos e Israel, principalmente— y, en general, de todo Occidente y sus aliados.

Para el régimen integrista se trata de una guerra no limitada, un conflicto existencial y vital, del mismo modo que lo es para Israel, país que se encuentra altamente preparado y motivado para resistir y continuar la lucha hasta terminar el trabajo, especialmente desde la masacre del 7 de octubre de 2023.

Para Estados Unidos, en cambio, se trata de una guerra limitada, un conflicto por intereses —aunque muy importantes—, tanto como para figurar en su Estrategia de Seguridad Nacional de 2025 como objetivo: “impedir que una potencia hostil domine la región de Oriente Próximo”.

En este contexto, Europa evidencia muchas de sus debilidades: desde las de índole militar —sus escasas capacidades de despliegue— hasta, sobre todo, las de carácter político.

Porque la UE, en cuanto a su pretendida proyección geopolítica global, se ha convertido en un fraude recurrente repetido por la clase política de Bruselas, como el timo de la estampita: desde el final de la Guerra Fría reaparece cada vez que surge una crisis, pero nunca llega a puerto en su aspiración de lograr una verdadera independencia o autonomía estratégica europea, ese supuesto segundo pilar de la construcción europea recogido en el lejano Tratado de Maastricht de 1992 mediante la Política Exterior y de Seguridad Común (PESC).

La respuesta de los países europeos ha sido claramente asimétrica: algunos han apoyado abiertamente a Estados Unidos; otros han rechazado su intervención en el ataque a Irán, aunque después participan de una u otra forma, además de hacer caja vía impositiva —especialmente a través del IVA— gracias a la inflación en los precios.

Pero donde se han producido los mayores desencuentros ha sido en torno a la dirección política del conflicto y al orden internacional. Para empezar, el ninguneo de las principales potencias de la UE —Alemania y Francia—, a las que después se sumaría Italia, invitando al Reino Unido a formar un cuarteto directivo y dejando de lado a otros países relevantes de la Unión, como Polonia, Países Bajos y, por supuesto, España.

El debate más enconado —al menos en la opinión pública— ha girado en torno a las polémicas declaraciones de Ursula von der Leyen sobre el inexistente orden mundial, que posteriormente ha tenido que matizar (algo que últimamente sucede con frecuencia). Algunos gobiernos europeos se han rasgado las vestiduras afirmando que, frente al actual desorden internacional, Europa debe defender el Derecho Internacional aunque sea contra todo el mundo y “hasta el infinito y más allá”, en un rasgo de utopía que ni Don Quijote habría imaginado.

Sin embargo, esta defensa de la llamada legalidad internacional implicaría enfrentarse con todos los grandes actores globales: Estados Unidos, la China comunista y Rusia. Precisamente esas potencias son las que, en la práctica, hacen inaplicable ese Derecho Internacional al ejercer su derecho de veto en el órgano ejecutivo de la ONU, el Consejo de Seguridad.

Ese veto convierte al llamado Derecho Internacional en algo más cercano a una norma moral que a una auténtica norma jurídica, pues su coercibilidad depende de decisiones arbitrarias y subjetivas. Y ya sabemos que existe una exclusión mutua entre el derecho y la arbitrariedad: una norma arbitraria jamás puede ni debe formar parte de un auténtico corpus jurídico.

Para finalizar, la última noticia deja aún más fuera de juego a la UE en el contexto internacional de la guerra de Ucrania: Donald J. Trump ha levantado —lógicamente— las sanciones al petróleo ruso como consecuencia del cierre del estrecho de Ormuz, intentando paliar la crisis económica que se vislumbra.

Porque, como afirmaba Lord Palmerston en el siglo XIX respecto a Inglaterra, en geopolítica no existen aliados eternos ni enemigos perpetuos; lo que existen son intereses eternos y perpetuos, y nuestro deber es vigilarlos.

No sé qué pensarán ustedes acerca de si Europa debe sostener lo que muchos llaman ya el viejo orden internacional o adaptarse a los nuevos tiempos. Pero, en ecología —y también en antropología— sabemos desde siempre que los seres vivos, incluidos los humanos, que no se adaptan, perecen. Y a mí me gustaría —para los míos, y también se lo deseo a ustedes— que perduráramos, y no que pereciéramos.

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