Un adolescente holandés, de entre 16 y 18 años, fue sometido a eutanasia en 2023, apenas cuatro años y medio después de recibir un diagnóstico de trastorno del espectro autista.
Según el informe anual de los Comités Regionales de Revisión de Eutanasia de los Países Bajos, el joven describía su existencia como “joyless” (sin alegría), con ansiedad persistente, problemas de humor, hipersensibilidad sensorial y dificultades para encajar en el mundo.
Cada día representaba “un calvario que tenía que superar”, hasta el punto de que en sus últimas semanas permanecía postrado en la cama la mayor parte del tiempo. El médico que evaluó el caso aseguró no tener “dudas” sobre su capacidad mental para tomar la decisión y concluyó que no existía perspectiva de mejora.
Este caso, revelado en el informe de revisión de 2024-2025 y ampliamente recogido por medios internacionales, ilustra la expansión de la eutanasia en los Países Bajos más allá de las enfermedades terminales físicas.
La legislación neerlandesa, pionera desde 2002, permite la muerte asistida por sufrimiento “insoportable” sin perspectiva de mejora, incluyendo condiciones psiquiátricas.
Para menores de 16 a 17 años solo se requiere consulta parental, no consentimiento explícito. En 2023 se registraron 138 casos de eutanasia por motivos psiquiátricos, que subieron a 219 en 2024, con un aumento notable entre jóvenes: entre 2020 y 2024, los casos en menores de 30 años pasaron de 5 a 30.
El adolescente no era un caso de autismo “de bajo funcionamiento”. Fuentes describen que tenía capacidades que le permitían cierta autonomía, pero enfrentaba desafíos típicos del espectro: sobrecarga sensorial, rigidez cognitiva, dificultades sociales y aislamiento.
En lugar de intensificar apoyos terapéuticos, adaptaciones educativas, intervenciones conductuales o integración social a largo plazo —opciones que han demostrado mejorar la calidad de vida de muchas personas autistas de alto funcionamiento—, el sistema médico avaló la eutanasia como solución definitiva. El informe oficial destaca que el sufrimiento se consideraba “intratable”.
Expertos han documentado que entre 2012 y 2021 al menos 39 personas con autismo y/o discapacidad intelectual recibieron eutanasia en los Países Bajos, motivada frecuentemente por soledad, falta de resiliencia, rigidez mental e hipersensibilidad (factores directamente vinculados al autismo en muchos casos).
Casos como el de Zoraya ter Beek, una mujer de 29 años con autismo, depresión y trastorno de personalidad que accedió a la eutanasia en 2024, muestran cómo el diagnóstico de autismo se entremezcla con sufrimiento psíquico para justificar la muerte asistida.
Los Países Bajos registraron más de 10.000 eutanasias en 2025, superando el 6% del total de fallecimientos. Aunque la mayoría corresponden a enfermedades físicas graves en personas mayores, el aumento en solicitudes psiquiátricas entre jóvenes genera alarma.
Críticos argumentan que ofrecer la muerte como “tratamiento” a personas con trastornos del neurodesarrollo envía el mensaje de que ciertas vidas son menos dignas de ser vividas y apoyadas. En vez de invertir más en terapias especializadas, vivienda adaptada, empleo protegido y comunidades inclusivas, el Estado legitima la eliminación del paciente.
El caso del adolescente autista refuerza la preocupación de que la eutanasia por sufrimiento mental, aplicada a menores o jóvenes recientes en su diagnóstico, cruza una línea peligrosa. Cuatro años y medio después del diagnóstico, un joven que aún estaba en pleno desarrollo vital —etapa en la que muchos autistas aprenden estrategias de afrontamiento y construyen una vida significativa con el apoyo adecuado— fue aprobado para recibir inyección letal.
No se trataba de un enfermo terminal con dolor físico insoportable, sino de un ser humano con un trastorno del neurodesarrollo que genera desafíos reales pero que, históricamente, no se ha considerado incurable en el sentido de justificar la muerte.
Países Bajos ha normalizado progresivamente la eutanasia: de casos terminales a sufrimiento psíquico, de adultos a adolescentes y ahora con reportes de aplicación en autismo.
Esta lógica plantea una pregunta incómoda: si la sociedad no ofrece esperanza real ni recursos suficientes a quienes luchan con autismo y comorbilidades mentales, ¿no está el Estado incentivando indirectamente la salida más fácil en lugar de la más humana?
