Abr. 27, 2026 9:59 am

(ARGENTINA) ‘No es sano que el presidente sepa de economía’

(ARGENTINA) ‘No es sano que el presidente sepa de economía’

En una declaración que sintetiza la arrogancia y el desprecio por la gestión responsable que caracterizó a una era de decadencia nacional, un ex viceministro de Economía del gobierno de Axel Kicillof ha proferido una de las sentencias más absurdas y peligrosas de la política económica reciente: «No es sano que el presidente sepa mucho de economía». Esta afirmación, lejos de ser un simple desliz, constituye la exposición cruda de la filosofía que guió al kirchnerismo durante años: la presidencia como un ejercicio de relato y poder, divorciado del conocimiento técnico y la responsabilidad de los resultados. Según este razonamiento perverso, el primer mandatario debe delegar ciegamente en sus ministros, liberándose así de la carga de comprender las consecuencias de las políticas que implementa. Esta es la fórmula precisa que sumió a la Argentina en una sucesión de crisis, con una moneda destruida, una inflación descontrolada y un país literalmente a la deriva.

La lógica subyacente a semejante declaración es la del capitán que ignora la navegación. Si el máximo responsable de un país deliberadamente elude el conocimiento de la disciplina que determina el bienestar o la miseria de sus ciudadanos, el barco estatal está condenado a chocar contra cualquier arrecife. El kirchnerismo gobernó bajo este precepto durante años, y el resultado fue un desfile interminable de ministros de economía—cada uno con su propio experimento fallido—mientras la figura presidencial se mantenía en un plano de impunidad técnica. La economía se convertía así en un territorio de apuestas ideológicas y de manejo político de la moneda, nunca en un ámbito de seriedad técnica al servicio del desarrollo nacional. La consecuencia, como bien señala la crítica, fueron al menos 14 crisis monetarias y un pueblo argentino llevado repetidamente al borde del abismo.

La contrapartida a esta visión ruinosa es el principio de la responsabilidad y la competencia. Un presidente que comprende la economía no es un microgestor, sino un garante último de la coherencia y la sostenibilidad de las políticas públicas. Es quien puede evaluar críticamente las propuestas de su ministro, anticipar riesgos y rendir cuentas ante la ciudadanía con conocimiento de causa. Pretender que la ignorancia presidencial es una virtud es, en el fondo, un mecanismo para evadir la rendición de cuentas. Se prefiere un presidente «que no sepa» para que, cuando las políticas fracasen estrepitosamente, pueda señalar a sus asesores como los únicos responsables, perpetuando un ciclo de impunidad en la cúspide del poder.

Esta polémica pone de relieve una elección fundamental para el futuro de la Argentina. Por un lado, se consolida el modelo del populismo irresponsable, que privilegia el relato sobre el resultado y la lealtad política sobre la capacidad técnica. Por el otro, se erige la necesidad de un liderazgo ilustrado y responsable, que entienda que la prosperidad se construye con conocimiento, transparencia y una profunda vocación de servicio. La recuperación del país exige, como primer paso, desterrar de la vida pública este tipo de ideas que no son solo erróneas, sino profundamente dañinas y expresión de un desdén histórico por el sufrimiento del pueblo argentino, que «nunca les importó». El verdadero liderazgo comienza con el deber de saber.

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