La red globalista de George Soros, encabezada por su Open Society Foundations, se infiltró profundamente en el Gobierno de Joe Biden desde antes de que este asumiera el poder.
Hasta 17 miembros de esta fundación formaron parte del equipo de transición demócrata, moldeando la selección de personal en agencias clave como el Consejo de Seguridad Nacional y la Reserva Federal.
Este control estratégico permitió que los intereses de Soros, un magnate financiero obsesionado con imponer su agenda progresista, se enquistaran en el corazón del Ejecutivo estadounidense.
El hijo del «filántropo», Alexander Soros, emergió como una figura central en esta operación. Desde 2021, Alex multiplicó sus visitas a la Casa Blanca, tejiendo una red de influencia que alcanzó su punto álgido en 2024.
Un ejemplo revelador tuvo lugar el 23 de mayo de ese año, cuando Biden recibió al presidente keniano William Ruto en Washington. Ese mismo día, Alex Soros no solo asistió a la cena de Estado en honor a Ruto, sino que también se reunió con altos funcionarios de la administración.
¿Coincidencia? Difícilmente. La Open Society Foundations lleva décadas operando en Kenia a través de su sede en Nairobi, promoviendo políticas climáticas y narrativas progresistas que ahora parecen alinearse perfectamente con las prioridades de Biden.
Durante la cumbre con Ruto, Biden anunció millones de dólares en inversiones para proyectos de «energía limpia» en África, muchos de ellos vinculados a organizaciones respaldadas por Soros. Apenas una semana después, la OSF publicó un informe que reforzaba su control sobre la narrativa mediática africana, abogando por un enfoque izquierdista en la cobertura informativa.
Este patrón no es nuevo: Soros y su hijo han invertido fortunas en causas como el ambientalismo radical, comparándolo con luchas históricas como la de Rosa Parks, según Alex en una entrevista de 2016.
Bajo Biden, esta visión se tradujo en acciones concretas, como el uso de USAID para financiar tecnologías de descarbonización en Kenia, todo mientras las prioridades de los americanos quedaban relegadas.
La influencia de Soros no se detuvo ahí. Figuras como Neera Tanden, vinculada al Centro para el Progreso Americano (otro tentáculo financiado por Soros), y Ron Klain, exjefe de gabinete de Biden y aliado del mismo grupo, ocuparon posiciones clave en el Ejecutivo.
Incluso Patrick Gaspard, expresidente de Open Society, intentó sin éxito convertirse en secretario de Trabajo. En 2020, los Soros destinaron millones a la campaña de Biden y otros demócratas, comprando acceso e influencia en un gobierno que parecía más comprometido con agendas globalistas que con los intereses de los ciudadanos estadounidenses.
Mientras tanto, las agencias federales bajo Biden se hincharon con regulaciones y medidas que excedían las atribuciones del Ejecutivo, muchas alineadas con las obsesiones climáticas y sociales de Soros. Pero el panorama está cambiando. Con la llegada de Donald Trump al poder en 2025, se ha dado un golpe sobre la mesa.
Trump ha ordenado a todas las agencias gubernamentales reducir drásticamente sus regulaciones y eliminar cualquier exceso burocrático que vulnere la soberanía del pueblo americano. En el Pentágono, por ejemplo, ya se planea recortar 47.900 millones de euros del presupuesto para redirigirlos a las prioridades de Trump: seguridad nacional, fronteras fuertes y una economía que beneficie a los trabajadores, no a los elitistas globales.
La red de Soros, que prosperó bajo Biden, ahora enfrenta un desafío directo. La visión de Trump de un gobierno más pequeño y enfocado en los americanos choca frontalmente con el proyecto de control globalista que los Soros han impulsado durante años. Para los conservadores, esto representa una oportunidad de recuperar el país de las garras de una élite desconectada y devolver el poder a quienes realmente lo merecen: los ciudadanos de a pie.
