El 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, solía ser un momento de reflexión, pero en los últimos años se ha convertido en un espectáculo de caos, vandalismo y retórica divisiva en todo México.
Las calles de ciudades como la Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey se llenan de marchas feministas que, bajo la bandera de la “justicia” y la “igualdad”, terminan en pintas, destrozos y enfrentamientos con la policía.
Como conservadores, debemos señalar esta agenda por lo que realmente es: un asalto a la familia, la tradición y la unidad nacional disfrazado de progreso.
Estas protestas, que en 2025 alcanzaron niveles de intensidad renovada, no son un clamor espontáneo de las mujeres mexicanas, sino un movimiento orquestado que promueve una ideología radical.
En el Zócalo capitalino, los muros amanecen con grafitis como “Aborto legal ya” o “El Estado opresor es un macho violador”, mientras las manifestantes, muchas con rostros cubiertos, rompen vidrios y queman banderas.
La presidenta Claudia Sheinbaum, autoproclamada feminista, aprovecha estas jornadas para reforzar su narrativa de “un tiempo para las mujeres”, pero el mensaje de las calles va más allá de sus discursos: es un ataque frontal a los valores que han sostenido a México por generaciones.
Empecemos por la premisa misma del feminismo radical que impulsa estas marchas. Se nos dice que las mujeres son víctimas eternas de un sistema patriarcal opresivo, una idea que ignora los avances reales logrados sin necesidad de destrozar ciudades.
Las mexicanas votan desde 1953, ocupan la mitad del Congreso gracias a leyes de paridad y han roto techos de cristal en todos los ámbitos. Sin embargo, las protestas del 8 de marzo no celebran este progreso; lo desprecian, promoviendo una cultura de agravio que enfrenta a mujeres contra hombres.
Los conservadores valoramos la armonía entre los sexos, no esta guerra artificial que destruye la complementariedad familiar y convierte al Estado en árbitro de una lucha inventada.
Una crítica concreta es su obsesión con el aborto. En cada marcha, las pancartas exigen “aborto libre y gratuito”, ignorando a las mujeres más vulnerables: las no nacidas. Este clamor traiciona la santidad de la vida, un pilar de la cultura mexicana arraigado en la fe y la tradición.
Mientras gritan por “derechos”, silencian a las niñas en el vientre que nunca tendrán voz. ¿Qué clase de empoderamiento es este que sacrifica a las futuras generaciones en nombre de la libertad individual? Es una contradicción que los conservadores no podemos pasar por alto.
Otro punto de quiebre es la violencia gratuita de estas protestas. En 2025, las imágenes de monumentos históricos vandalizados, como la Catedral Metropolitana o el Ángel de la Independencia, recorrieron el país.
Las manifestantes justifican los destrozos como “rabia legítima” contra la violencia de género, pero ¿qué logran al atacar iglesias, negocios y espacios públicos? México enfrenta una crisis real—feminicidios que se cobran hasta 10 vidas diarias—, pero pintar paredes y quemar puertas no salva a nadie.
Es un espectáculo que aliena a las mexicanas que buscan soluciones, no caos, y que ven en estas acciones un desprecio por el patrimonio nacional.
La hipocresía también salta a la vista. Las líderes feministas, respaldadas por figuras como Sheinbaum, claman contra la “represión” cuando la policía interviene, pero callan ante los vínculos del gobierno con el crimen organizado.
Los cárteles, que masacran mujeres en guerras territoriales y redes de trata, operan con impunidad mientras las protestas señalan al “patriarcado” como el único culpable. Los conservadores sospechan que algunos de estos grupos radicales, con sus recursos y organización, podrían estar beneficiándose de la misma corrupción que dicen combatir.
Si el feminismo fuera serio, apuntaría a los narcos que matan mujeres, no solo a los símbolos de una sociedad que quieren derribar.
Económicamente, las demandas de las marchas son igual de cuestionables. Exigen paridad salarial y “justicia económica” mediante más intervención estatal, ignorando que los mercados libres, no las leyes coercitivas, han elevado a millones de la pobreza.
Forzar estas políticas, como las que Sheinbaum defiende, castiga el mérito, ahuyenta empresas y agrava la crisis fiscal—el déficit del 5.9% del PIB heredado de López Obrador ya es una carga. Las mujeres trabajadoras, a las que dicen representar, terminan pagando el precio con empleos perdidos y más impuestos.
Lo más exasperante es la arrogancia de estas protestas. Se presentan como la voz de “todas las mujeres”, pero millones de mexicanas—especialmente en zonas rurales y conservadoras—rechazan esta revolución.
Ellas valoran ser madres, esposas y pilares comunitarios, no peones en una cruzada ideológica. No necesitan pintas ni barricadas para sentirse libres; necesitan calles seguras, familias fuertes y un gobierno que respete su fe, no que tolere el caos del 8 de marzo para luego prometer soluciones vacías.
El 8 de marzo de 2025 no fue un día de empoderamiento, sino un despliegue de control ideológico. Las protestas, con su vandalismo, su silencio sobre el aborto y los narcos, y su desprecio por la tradición, no liberan a las mujeres; las atan a una agenda estatista y secular.
Los conservadores debemos rechazar este canto de sirena y abogar por un México donde hombres y mujeres prosperen juntos, arraigados en la fe, la familia y la libertad. El verdadero poder de las mujeres no está en las calles destrozadas, sino en los valores que estas marchas buscan borrar.
