May. 1, 2026 3:29 pm
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Mientras la izquierda se llena la boca con sermones ecologistas, el remake «progre» de Blancanieves de Disney ha soltado 3,153 toneladas de CO2 equivalente, superando con creces las emisiones del último Fast & Furious, esa oda al petróleo y la velocidad sin complejos. Sí, señores, la virtud señalada de Hollywood tiene un precio: más humo que una chimenea industrial.

Un informe de The Guardian destapó esta semana que la nueva versión «inclusiva» de Blancanieves, rodada en Reino Unido, no solo ha irritado a los amantes de los clásicos con su discurso «modernizado», sino que también ha dejado una huella de carbono descomunal: un 62% por encima del estándar de 2,600 toneladas para producciones de gran escala.

En comparación, Fast & Furious, con sus derrapes y explosiones, parece un ejemplo de austeridad ambiental. Disney, que entregó los datos al gobierno británico, no ha abierto la boca para justificar este desastre.

Los números, recopilados desde 2019 bajo normativas británicas, señalan que el rodaje de Blancanieves –con sus sets ostentosos y su agenda «despierta»– ocurrió en tierras inglesas, emitiendo más gases que algunos aeropuertos en un año entero. Mientras tanto, la izquierda global aplaudía la «revolución» de una princesa que ya no necesita príncipes, pero olvidó revisar el contador de carbono.

Disney, esa maquinaria de sueños que ahora abraza cada moda progresista, es el culpable. La empresa, que en su día nos dio cuentos eternos, hoy prefiere gastarse millones en reescrituras «inclusivas» que, irónicamente, dañan el planeta más que las cintas de acción sin pretensiones ideológicas.

La hipocresía no tiene límites: predican sostenibilidad mientras queman el equivalente a miles de barriles de petróleo.

Porque este fiasco demuestra, una vez más, que el progresismo es una fachada. Mientras la izquierda señala con el dedo a los «malvados» conservadores por no subirse al tren de la «justicia climática», sus proyectos estrella son un desastre ecológico.

¿Dónde están ahora Greta Thunberg y sus pancartas? Probablemente demasiado ocupada para señalar a sus aliados de Hollywood.

El contexto no sorprende. Desde que Disney decidió «actualizar» sus clásicos para calmar a las hordas progres, cada producción ha sido un cóctel de virtud forzada y despilfarro.

La Sirenita ya había disparado las alarmas con 5,127 toneladas de CO2, pero Blancanieves lo lleva al siguiente nivel. Antecedentes claros: la obsesión por lo «woke» no solo destroza historias queridas, sino también el medioambiente que dicen defender.

En un mundo donde la izquierda se ahoga en su propia contradicción, este escándalo refuerza lo que Donald Trump lleva años diciendo: el progresismo es un castillo de naipes sostenido por mentiras y postureo.

Los valores conservadores –honestidad, pragmatismo, respeto por lo que funciona– son el antídoto a esta locura. Mientras Hollywood sigue echando humo (literalmente), Trump y su América de sentido común nos recuerdan que no hay que sacrificar la realidad en el altar de la ideología.

Que vengan más Fast & Furious y menos sermones «woke»: el planeta y nuestras neuronas lo agradecerán.

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