Una de las figuras que más ha identificado a los Estados Unidos ante el mundo ha sido la del cowboy, especialmente a través del cine y de la publicidad. Y la serie “Yellowstone”, que tanta y exitosa repercusión está teniendo, así lo confirma.
Con las Montañas Rocosas y el estado de Montana como telones de fondo, estamos ante un “western” en el siglo XXI, con el papel estelar de Kevin Costner, sin desmerecer las actuaciones de Luke Grimes, Kelly Reilly, Wes Bentley o Cole Hauser, entre otros.
“Yellowstone” describe toda una “sociedad cowboy” con maneras de “condotieros”, evocando la llamada “conquista del Oeste” frente a la especulación inmobiliaria, las reservas indias y otras cuestiones que van saliendo al alimón de una cultura que nos resulta familiar, porque como hemos referido en otras ocasiones, en verdad, la cultura vaquera de origen hispano.
Y podemos concretar y rastrear esta cultura en la Andalucía Atlántica, esto es, el suroeste de la Península Ibérica, más concretamente en Doñana, un amplio territorio donde se unen buena parte del suroeste español, mientras que el río Guadalquivir desemboca en el océano Atlántico ante el que es el mayor parque nacional de España.
Además, Doñana alberga un paisaje de marismas que puede hacer recordar a los Llanos de Venezuela y Colombia.
En aquellas tierras franqueadas por pinares, con un clima cuyas estaciones pueden combinar los más duros calores y las más sorprendentes lluvias, amén de las más dulces primaveras; se sitúan desde hace cientos de años los llamados caballos mesteños, palabra que en inglés derivó a “mustang”.
A su vez, “mesteño” está relacionado con “mesta”, cuyo significado, según el Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua, es “agregado o reunión de los dueños de ganados mayores y menores, que cuidaban de su crianza y pasto y vendían para el común abastecimiento”, siendo que el Concejo de la Mesta, poderosa institución que estuvo vigente en la Corona de Castilla desde el siglo XIII hasta el siglo XIX, se define como “junta que los pastores y dueños de ganado tenían anualmente para tratar de los negocios concernientes a sus ganados y separar los animales sin dueño conocido que se hubiesen mezclado con los suyos”.
Justo en la última acepción entran los caballos a los que nos referimos, esto es, puesto que andaban libres por aquellas extensas tierras, albergando diversos cruces de razas y recreando una capacidad de adaptación y resistencia que fue fundamental para su crianza y expansión en América del Norte.
Además de caballos, a Norteamérica también llegó el ganado bovino de la región, esto es, las vacas marismeñas o mostrencas, cuya capacidad de adaptabilidad y resistencia ya fue demostrada desde Andalucía a las Islas Canarias y se confirmó en el Nuevo Mundo.
Asimismo, tanto en la Andalucía atlántica como en otras regiones de España, la cultura de frontera frente al islam que compuso el Medioevo ibérico fue amasando el arquetipo del hombre a caballo y del “campesino soldado” que serían muy útiles para el vasto territorio norteamericano. Ganar el terreno palmo a palmo, con paciencia y resistencia, estirando los recursos, trabajando el cuero y las sillas y adaptándose y reciclándose continuamente; era algo que se había vivido en la España europea y que a lo largo y ancho del Nuevo Mundo, acriollándose, fue asentando cátedras de vida.
Por ello, toda esta cultura ganadera y talabartera ha engendrado la guarnicionería es una muestra de artesanía cual herencia de estas épocas, algo único en el mundo hispano.
En junio tiene lugar en la localidad de Almonte la Saca de la Yeguas, un evento que cuenta con más de cinco siglos de historia. El tejano que acuda, ha de sentirse identificado, pues ahí verá buena parte de sus más íntimas raíces ante los yegüerizos que se apresuran a reunir y seleccionar el ganado entre aquella inmensa y fértil llanura. Y todo le quedará mucho más claro que en las novelas o en las películas.
Así, nos atrevemos a decir que Doñana es a España lo que Yellowstone es a Estados Unidos, salvando las distancias y las extensiones.
Si bien en la serie “Yellowstone” vemos violencia, también vemos compañerismo e identidad; aspectos que consideramos fundamentales y más en los tiempos que corren.
Y es que en el continente americano, muchos se las vieron y se las desearon para plantar su estandarte en un entorno hostil; algo que ya tratamos al analizar la vida y obra del escritor tejano Robert E. Howard:
Con todo, y contestando «ligeramente» a un personaje-arquetipo progre de la serie (que los espectadores identificarán pronto), lo cierto es que en los tiempos de la Monarquía Hispánica, aquellos inmensos territorios no fueron recorridos exclusivamente por “europeos”, puesto que amén de peninsulares y canarios, la población española fue integrada por mestizos, indios aliados, negros y mulatos; y eso por no hablar una cantidad considerable de criollos.
Y no existió una “unidad” o “hermandad” entre los diversos pueblos amerindios que, en multitud de ocasiones, tenían prácticas terribles (incluyendo el canibalismo) contra sus supuestos “hermanos de raza”; motivo por el cual muchos indios prefirieron integrarse en las misiones y en la civilización hispánica en general.
De hecho, muchas más probabilidades tenían los indios de morir a manos de otros indios que de españoles europeos.
Pero bueno, quitando detalles a los que ya estamos más o menos acostumbrados, lo cierto es que nos parece una serie interesante y una motivación más para reivindicar el legado hispánico de los Estados Unidos, un legado que está en el alma y en la piel de Norteamérica.
De Doñana a Yellowstone, entre idas y vueltas, hay muchas claves para estudiar y reivindicar.
