La última decisión del Gobierno español ha desatado un caos absoluto y desde Europa los principalea líderes muestran si preocupación por los efectos de la misma.
Unode los mayores programas de regularización en décadas ha provocado a su vez el enfado de millones de españoles.
Mediante el Real Decreto 316/2026, aprobado el 14 de abril de 2026, las autoridades ofrecen una vía hacia la residencia legal y el derecho al trabajo para más de 500.000 inmigrantes ilegales que ya viven en el país en situación administrativa irregular.
Para gestionar la avalancha de solicitudes —con más de 130.000 presentadas solo en la primera semana y decenas de miles adicionales de forma presencial— el Gobierno ha recurrido a un socio inesperado: las oficinas de Correos. Alrededor de 371–373 sucursales están aceptando solicitudes con cita previa, junto con oficinas de extranjería y unas 60 dependencias de la Seguridad Social.
El personal de Correos recibe y remite la documentación; no decide sobre los expedientes. ¿El objetivo? Descentralizar el proceso y aliviar la presión sobre unas oficinas ya saturadas.
Sin embargo, los críticos ven algo mucho más preocupante: un sistema de alto volumen que corre el riesgo de conceder estatus legal de forma casi automática, con controles insuficientes.
Requisitos sobre el papel frente a la realidad
Oficialmente, los solicitantes deben cumplir criterios estrictos: demostrar que estaban en España antes del 1 de enero de 2026 con al menos cinco meses de residencia continuada, aportar pasaporte válido o equivalente, cumplir una condición adicional (como oferta de empleo, arraigo familiar o situación de vulnerabilidad) y —clave— carecer de antecedentes penales tanto en España como en su país de origen y en cualquier país donde hayan residido en los últimos cinco años. Además, no deben suponer una amenaza para el orden público, la seguridad o la salud. Los aprobados obtienen un permiso de residencia y trabajo de un año, renovable.
El Gobierno insiste en que los controles de antecedentes penales son obligatorios. Los registros en España se verifican automáticamente, mientras que los solicitantes deben aportar certificados del extranjero debidamente legalizados y traducidos. En caso de retrasos, se recurre a canales diplomáticos.
No obstante, la implantación descentralizada a través de Correos ha alimentado muchas dudas legítimas. Desde el inicio de la atención presencial el 20 de abril, se han formado largas colas. La sobrecarga administrativa, los problemas informáticos y la magnitud del proceso han creado un sistema donde parece difícil realizar verificaciones exhaustivas en tiempo real en el momento de la solicitud. Borradores iniciales habrían contemplado permitir simples “declaraciones responsables” en lugar de certificados completos del extranjero —una idea descartada tras críticas—, pero los cuellos de botella persisten. Voces de la oposición, incluidos el Partido Popular y Vox, advierten de que delincuentes podrían colarse en el sistema, convirtiendo el proceso en una amnistía de facto con controles poco efectivos.
A esto se suman informes sobre fraudes y estafas dirigidas a solicitantes desesperados —incluyendo servicios falsos de documentación y venta de citas—, lo que añade más caos al proceso.
Recompensas a la estancia ilegal
Quienes obtengan la aprobación accederán al derecho a trabajar legalmente, pagar impuestos y utilizar servicios públicos. El Gobierno presenta la medida como una respuesta pragmática a la escasez de mano de obra, el envejecimiento de la población y la realidad de que muchos de estos inmigrantes ya trabajan en sectores clave como la agricultura, la hostelería y los cuidados.
Este es el séptimo gran proceso de regularización en España desde los años 80. Todos los anteriores se presentaron como soluciones “puntuales”. Todos fueron seguidos por nuevas oleadas de inmigración irregular. Para los críticos, el mensaje es claro: entrar o permanecer ilegalmente en el país puede acabar siendo recompensado con la legalización, mientras se tensionan los servicios públicos y se debilita el Estado de derecho.
Un experimento arriesgado
Al convertir las oficinas de Correos en centros de tramitación y lanzar el proceso bajo plazos ajustados y con problemas de capacidad conocidos, el Gobierno de Sánchez parece priorizar la rapidez y el volumen frente a un control riguroso de seguridad. Aunque el decreto mantiene la exigencia de carecer de antecedentes, el despliegue acelerado plantea serias dudas sobre si la seguridad pública está realmente garantizada.
Los ciudadanos tienen motivos para exigir transparencia y rendición de cuentas. Conceder derechos legales a cientos de miles de personas que han eludido los canales legales de inmigración —sin una verificación sólida y ágil de sus antecedentes— conlleva riesgos reales para la cohesión social, la seguridad y la confianza en las instituciones.
Esta decisión política de fondo sobre quién configura el futuro de España no puede no debe acelerarse. Convertir las oficinas de Correos en puertas de entrada a una regularización masiva, en medio de dificultades prácticas para realizar controles completos, se percibe menos como una gestión eficiente y más como una invitación abierta que prioriza la conveniencia política sobre el control fronterizo y los estándares de verificación.
Los próximos meses demostrarán si se repite —a mayor escala— los errores de anteriores amnistías.
Leer más:
